Indefensa

Una vez, tenía yo entre once y trece años, fui a casa de un amigo, a ver películas.

En algún momento, sus padres se fueron de la casa y nos quedamos solos. Él quiso aprovechar la situación, y comenzó a besarme, no recuerdo negarme a eso, pero luego, quería que pasara a algo más. Yo no había tenido ninguna experiencia sexual hasta el momento, y era bastante ignorante en el tema. Me dio miedo y no sabía cómo pararlo. Le dije que no suavemente un par de veces, él insistió, y como una niña que no tenía herramientas para gestionar dicha situación, lo único que se me ocurrió fue darle la espalda, como señal de que quería que me dejase tranquila. Para mi sorpresa, ese gesto tuvo otro significado para él: fue tomado como una invitación a que me lo arrecostara en el culo.

Me sentí indefensa, confundida. Mi ignorancia no me permitía ver la situación con los ojos con los que la veía.

Ese día entendí lo poco importa lo que hagamos, en un mundo donde cualquier acción va a ser tomada como una invitación y nunca como una negativa, si ellos así lo deciden.

Porque si te molestas y te pones firme, serás una aburrida o una exagerada, porque al final “tampoco era para tanto”. Pero si cedes, entonces éste le contará a sus amigos y ahora todos empezarán a buscarte con las mismas intenciones, porque ahora eres “la fácil”.

A medida que crecía me fui dando cuenta de que la culpable siempre sería yo. Como cuando inocentemente abrazaba a mis amigos en el colegio, y luego las profesoras me regañaban a mí diciéndome que “para mí era un simple abrazo, pero para ellos puede significar algo más”, y claro, era yo quien tenía que poner freno a eso. La responsabilidad era mía.

Somos criadas para complacer al otro, pero tampoco demasiado. Nos exigen que “nos demos a respetar”, pero nadie nos explica qué significa ni por qué somos inherentemente objeto de irrespeto, incluso desde nuestra mayor ignorancia e indefensión.

«¿Por qué es mi culpa? ¿Qué fue lo que hice?» Tantas veces me preguntaba, nunca obteniendo respuesta.

Y así crecemos, con esa confusión y esos traumas que luego potencialmente saldrán a flote. Pero mientras lo hacemos, tenemos que seguir siendo bellas, y complacientes, y a la vez luchar por nuestro futuro dentro de un mundo que nos cree invisibles a menos que mostremos las tetas. Y nos siguen irrespetando, y seguimos sin saber responder. Y lloramos, y nos quejamos; pero entonces somos unas locas exageradas.

Y nos cansamos, y cedemos.

Hasta que (con suerte y después de muchos errores), con el paso de los años aprendemos a tener más filtros a la hora de elegir de quien rodearnos, aunque claro, nunca podremos estar realmente seguras cuando salimos a la calle.

Y los traumas quedan, como cicatrices en nuestra forma de ser.

No cuento esto con intención de culpabilizar a nadie, solo pretendo compartir una perspectiva que muchos de los hombres que siguen mi contenido quizás nunca se hayan detenido a pensar, y que creo que es importante tener en cuenta a la hora de relacionarnos.

Porque estar en una posición de privilegio no quiere decir que hayas hecho algo mal, o que debas rebajar tu calidad de vida. Pero sí que para ser una persona empática, y a mi punto de vista decente, debas echar la vista abajo, de vez en cuando, para darte cuenta de que no todo el mundo está al mismo nivel que tú, ni empezó desde las mismas condiciones.

Y eso nos ayudará a entender, quizás, que nadie nos debe nada y no debemos utilizar nuestro poder para exigirlo. Que no debemos manipular haciéndonos pasar por las víctimas cuando una persona se niega a complacernos en una solicitud de carácter sexual. Que el utilizar a una persona para el fin que tienes dentro de tus pantalones, no está bien y aburre. Que el insistir no es sexy. Que el saber ser persona, sí lo es.

Porque el que nos traten como personas, y no como meros objetos, debería ser la normalidad, y no un maldito lujo o agradable sorpresa.

Fotografía: @carlosrubiorecio

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Mariana Mendez

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